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viernes, 23 de enero de 2009

Aproximación al amor

Para que surja, es indispensable un capullo. Los culturetas tal vez prefieran llamar al capullo crisálida, pero son meros sustantivos y cada cual usa el que considera más oportuno. Pero vayamos al caso: cuanto más grande es el capullo, mayores son las expectativas que sobre él depositamos. Tanto ansiamos ver su metamorfosis que lo resguardamos en nuestro interior. Cuando eclosiona, vivimos un sinfín de cosquilleos de ese revoloteo incesante en las entrañas. Si el capullo fuese biodegradable, no sería preciso regurgitarlo, pero ni siquiera nos damos cuenta de que es imperioso hacerlo. La mariposa nos deslumbra con sus colores hermoseados bajo nuestra mirada y no vemos más allá de ésta.

Mariposillas en el estómago, sí, pero el revoloteo cesa pronto. La pasión desbordada es efímera, pues a ningún corazón le llega el aliento cuando lo exprimen de sentimientos encontrados y extenuantes. Éxtasis, esperanzas, pero también sinrazón, duda, miedo, ansias..., que en marabunta sepultan bajo su ímpetu a la mariposa de alas aniquiladas. Y probamos entonces con una caricia, tal vez otra, y otra más; pero no logramos recomponelas. Su majestuosidad va impregnando nuestros dedos mientras pierden su singular esencia.

La mariposa ha muerto, pues. Ha muerto asesinada. Llegó la hora del réquiem y de darle sepultura devolviéndola a su origen, vomitándola para, reparadas nuestras entrañas de tanto desazón, volver a dejar que en ellas anide un capullo nuevo.

jueves, 24 de julio de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (X)

Al anochecer del día marcado por el galán, sintió como algo la impelía a reaccionar. Recordó el baúl de sus sueños de niña, aquel arcón que, legado por su madrina, nunca quiso o supo abrir. Giró la llave y, como por arte de magia, se activó un resorte que la transportó a un mundo de fantasías. Una bailarina giraba suavemente al son de una música que la incitaba a ser quien nunca, hasta entonces, había deseado ser.

El cofre estaba dividido en departamentos, que poco a poco fue vaciando. Allí halló justo lo que precisaba: un vestido de fiesta, corsetería adecuada para resaltar sus formas pasando, no obstante, desapercibida, unos pendientes, una gargantilla, unas sandalias tan livianas que parecían de cristal... Incluso había cremas, maquillaje, laca de uñas, cepillos para el pelo, bandas depilatorias... Tenía todo cuanto podría precisar para una noche de fiesta y todo, además, parecía pensado precisamente para ella. Todo era de su talla y todo era acorde con sus facciones, el color de su cabello... ¿Por qué no ir a la fiesta? ¿Qué podría salir mal?

En un pequeño cajón encontró incluso dinero. Si había que pagar entrada, podría hacerlo. Y el taxi, también sería lo de menos.

To be continued

jueves, 19 de junio de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (IX)

Pero entre tanto delirio de tiendas y halagos vacuos, la muchacha no hacía sino soñar con protagonizarlos algún día.

Recordaba al joven vagamente. De hecho, casi ni se había atrevido a mirarle. Hacía muchos años que le habían impuesto la mesura como norma estricta en aquella casa de tiranteces engarzadas por arranques de soberbia y altivez. No obstante, algo le decía que tanta urgencia y esmero por agradar merecía un esfuerzo para lograrlo, y soñó que soñar no era soñar sino vivir. Y quiso vivir su propia aventura, y quiso gritar, y quiso bailar, y quiso reír.

Puso rostro a su fantasía. Rostro, voz, aroma, gestos. Imaginó su mano arrogante apropiándose de su cintura. Y soñó. Soñó que le amaba. Soñó que era correspondida. Y se obsesionó con quereres que ya no se le antojaban imposibles. Y conjuró a la luna, para dejarse hechizar por las hadas.
To be continued

jueves, 29 de mayo de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (VIII)

Faltaban sólo dos días para verle de nuevo. Un tiempo que se les antojaba escaso para hermosearse para su príncipe. Lo más urgente: una limpieza de cutis, un extra de hidratación, depilación completa, pedicura, manicura, una sesión de peluquería... No querían escatimar gastos y es que, cuando se proponían un objetivo, el coste era lo de menos.

También tenían que pasarse por la corsetería y, ya que no les daba tiempo a encargar algo a ese diseñador tan amigo suyo, deberían conformarse con visitar sus boutiques fetiche.

El calzado era otro cantar: debía ser sensual y a la vez cómodo. El riesgo de estrenar se les antojaba un tanto peligroso. Una expresión de dolor y la incapacidad de bailar mermarían sus posibilidades.

La criadita las seguía a todas partes. Alguien tenía, desde luego, que cargar con las bolsas.

domingo, 18 de mayo de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (VII)

Él, mientras tanto, siguió entregado a su causa: "rescatar" a jóvenes damitas de su "desdicha". Así, y merced a su profesión, que le llevaba casa por casa ofreciéndoles aquello que no necesitaban, un buen día timbró en un domicilio en el que todo atufaba a grandeza. Todo menos el trato hacia la empleada de hogar, que con ojos tristes y con el rostro desencajado le abrió la puerta esbozando una tenue sonrisa.

Le franqueó la entrada y le condujo hacia el saloncito, donde dos jóvenes estiradas y una señora estridente se dejaron embelesar por sus dotes de galán. Querían adquirir cuanto les ofrecía en su muestrario, a fin, eso sí, de volver a toparse con aquel hombre de ensueño (la mojigatería hace que se admiren beldades en donde sólo hay un muchacho coqueto y pagado de sí).

Les expuso sus pretensiones y las dejó hablar. Incluso respondió a sus preguntas indiscretas. Todo por lograr una venta, que se le antojaba inmejorable. Llegó incluso a contarles a qué fiesta iría ese fin de semana.

Era, pensaron ellas, su gran oportunidad para mostrarle al caballerete lo hermosas que podían lucir bajo la luz de neón.

To be continued

domingo, 11 de mayo de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (VI)

...a ella la encontró la lectora (la bruja, a la que creo llamaban Piruja en la intimidad) cobijada en su día a día; creyéndose ser princesa de un cuento infinito, en el que la soledad sólo era vencida por llantos infantiles y pañales por mudar. También había risas, anécdotas desesperantes ante una papilla que su bebé se negaba a ingerir, correteos para evitar que se lastimase, desvelos; pero, definitivamente, estaba sola. Sola con la certeza de que había logrado su sueño; sola, sabiendo que éste no la placía: tal vez porque nadie le explicó cómo acababa el cuento de la dependencia de unos besos exiguos, de una estabilidad fingida y de una cárcel autoimpuesta para favorecer que su matrimonio fuese idílicamente tradicional. Ella, en su castillo (un piso de cuarenta metros cuadrados que era incapaz de ordenar y limpiar con tanto terremoto de desconsideración), y su príncipe, vagabundeando.

Él se dejó llevar por la promesa de felicidad. Y, mientras ella le esperaba, continuaba "asaltando" fortalezas, buscando aventuras y "disfrutando" de lo que él llamaba vida. Se le había entregado, con una firma en un papel, con un "sí, quiero" (claro que quería: libertad, servicio doméstico y servicio de cama lastrado de moralina y egoísmo. Todo en el mismo set, al módico precio de un ramito de flores en cada aniversario, la manutención de su criada-concubina y algún que otro jueguecito con su vástago), pero nunca fue suyo.

Y ella sonreía cada vez que él tenía tiempo para ella, para su familia. Sonreía tan poco, que jamás tuvo arrugas de expresión próximas a la boca. Tenía a su príncipe, sí, pero nadie le había explicado cómo concluir con la agonía de un cuento de niñez transformado en derrota y conformismo.

To be continued

miércoles, 7 de mayo de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (V)

Responsable, cuando el reloj de ella marcó que era tarde, él insistió en no llevarla a casa. Arguyó que sólo tenía un casco y le recordó que había bebido. Para no tentar a la suerte, por tanto, él se quedaría a dormir en la torre alfombrada de sedientos compañeros de aventura, que reposaban sus miserias sobre un sucio lecho de piedra y alcohol.

Eso sí, en el último suspiro, le pidió su número de teléfono. Nunca se sabe cuándo se va a necesitar una mano amiga.

Pero el móvil sonaba rara vez. Sólo, le decía amable, cuando podía dedicarse enteramente a ella. Por ello, cualquier gesto de él se le antojaba una prueba irrefutable de su romanticismo, especialmente aquella negación a establecer barreras a la luz de esa luna ante la que derramaban los quereres.

Pronto llegó la primera falta. Pronto, la realidad la arrastró de los pelos y sin miramientos a un mundo de adultos. Pero ella eligió seguir soñando: se amaban, creía, y era hora de mirar de frente al desafío.

Él se dejó llevar por la promesa de felicidad y perdices, y ella... ay...

To be continued

viernes, 2 de mayo de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (IV)

Se acercó, la miró. Estaba emporrada, alcoholizada y definitivamente llorosa. Le pareció terriblemente tierna. Allí, acurrucada en un refugio absurdo, un cobijo ajeno y sucio, lleno de oscuridad y telarañas, la muchacha más débil se le antojó la más hermosa.

Nunca fue muy locuaz. ¿Cómo hurtarle la pena que embellecía su rostro frágil? Se acercó, la besó y... el hechizo pareció romperse. El contorno de sus labios aún sabía a sal. Sus mejillas, todavía húmedas. Pero el miedo que la atenazaba murió. La nube de tormenta derramó una lluvia amable, acariciadora, casi podría decirse que vivificadora.

Se dejó hacer, pero pronto tomó las riendas. La casi niña recorrió el rostro amable con las yemas de los dedos, siguiendo una ruta conocida. Era, definitivamente, aquél a quien tanto había soñado. Era guapo (¡lo que hacen unas lentillas resecas!), era fuerte, era libre... y la estaba amando. Lo hacía poquito a poco, sin prisas, sin pausas, como no queriendo despertarla del todo del nuevo sueño a la que la había acompañado.

viernes, 25 de abril de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (III)

Y llegó, cómo no.

A lomos de su quad*, se enfrentó con las poderosas fieras que halló a su paso: un can de palleiro (perro de raza indeterminada, pero muy valorado por ser referente para cualquier medidor de distancias que se precie**), el gato Silvestre (que lo persiguió incansable hasta que decidió arrojar su casco amarillo Piolín al borde de la cuneta) y Micky Mouse (el más peligroso roedor de cuantos creó Disney, pero al que en seguida dio esquinazo porque, a fin de cuentas, no era primo de Speedy González). Todo para llegar cuanto antes, y sin pisar el asfalto, al botellón que había convocado uno de sus colegas en la ruinosa torre de... (aquí cada cual que elija la que más le plazca. Creo que la cita era en Castroverde, o en Doncos, o...).

Allí se encontró a la muchacha. Parecía la reina de la fiesta pero, en cuanto encendieron una pequeña hoguerita para caldear el ambiente, la joven se desmoronó; presa de su crepitante terror infantil, rompió a llorar. Sólo él la vio. Tal vez porque se arrinconó al ladito de un palé y él tenía debilidad por la rubia, la tostada y la negra.

* Vehículo catalogado como agrícola, pero que los osados mozalbetes emplean para adentrarse en el siempre inhóspito medio rural y hacer caballitos.
** En la Galicia de mi niñez, todo paisano afable al ser inquirido sobre la distancia entre el punto de partida y el de destino con un "cuánto falta", siempre respondía "a carreiriña dun can" (la carrerita de un perro, sin especificar, eso sí, cuántos metros recorría su perro habitualmente en lo que él definía como carrerita). Si la pregunta era, no obstante, un "¿falta mucho para llegar a...?", la contestación obligada era, por supuesto, un "bueno" (entonado convenientemente para dejar al interlocutor totalmente desconcertado).


To be continued

jueves, 24 de abril de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (II)

Primero se detuvo en la casa de la Bella Durmiente. No sabía muy bien cómo se llamaba la joven damisela, sólo que sus padres le habían prohibido jugar con fuego (¡Qué se le va a hacer! En su época, ya no había husos con los que amedrentar a las aspirantes a princesa).

Un día, leyó en el diario, la pequeña se acercó a la cocina y..., lejos de cumplir con los preceptos consabidos, encendió una cerilla. Quería saber, ¡qué mala es la curiosidad (le dijo el gato*)!, por qué la pequeña cerillera confió en sus fósforos como fuente de calor. ¿Sería cierto que lo proporcionaban?

El caso es que, como habían vaticinado sus progenitores, la niña (menos niña cada día) se quemó. (Es lo que tiene jugar con fuego). Pero, lejos de descubrir placeres oníricos, este suceso desató la ira de los dioses. Su padre, que por aquel entonces se le antojaba todopoderoso, le recriminó su desobediencia. Su madre, por su parte, se tomó su acercamiento a la cocina como una señal y, ¡oh, cruel destino!, concluyó que la casi adolescente podía comenzar ya a laborar. Sus sueños de princesa se habían roto. Sólo le quedaba esperar a que un príncipe la rescatara de esa cárcel de obligaciones con un dulce beso.

* Tras perder su sexta vida en una agotadora maratón que emprendió no por placer o afán deportivo, sino impelido por unas infernales botas.

To be continued

miércoles, 23 de abril de 2008

Las niñas que aún quieren ser princesas (I)

Érase que era una linda madriguera de niñitas que se dormían cada noche con el susurro de su cuento de hadas predilecto.

Una soñaba con esperar a que un intrépido príncipe, dispuesto a desafiar a la razón, la despertase con su beso; otra, con protagonizar penurias hasta que la fortuna, caprichosa, postrase a sus pies (a cobijo en frágiles guaridas) a un apuesto galán; la tercera, ansiaba a un compañero intrépido con el que crecer; otra pensaba que en el servicio a los demás estaba la verdadera aventura de cada día. La más romántica esperaba que un doncel la tomase de la mano para enseñarle el mundo. A su vera, una princesita no era capaz de conciliar el sueño, mientras la última, por su parte, sólo anhelaba sobrevivir.

Pasados los años, una mujer (que algunos describen como de gran belleza y astucia, y otros califican de espeluznante y decrépita) descubrió la madriguera. Curioseando en ella, halló algunos cuadernillos manuscritos. Retiró con cuidado la mugre y, con ellos bajo el brazo y la pócima de la verdad, emprendió camino.
To be continued