Me los encontré de frente. Dos hombres, jóvenes, y una mujer que, como ellos, tal vez no superaba la treintena. Los tres impecablemente disfrazados de ejecutivos recién medrados.
No obstante, y pese a que ella iba ornamentada cual árbol de Navidad, en tonos dorados y con complementos en rojo, el que más me llamó la atención fue uno de los chicos.
Su cabello tenía un corte estrafalario, como aquéllos que tanto se llevaron en la década de los ochenta, y que no se sabía muy bien si derivaban de la dejadez o es que, con ellos, los varones de nuestra bien amada España intentaban emular el estilo de Curro Jiménez. Al menos, el mozalbete evitó la tentación de domar sus melenas leoninas cual Mario Conde, en sus momentos de aún glorioso protagonismo mediático. No menos llamativo que el que estaba a punto de convertirse en el presidiario con más estilo del país, presumía de un curioso tinte, que ocultaba cualquier brillo (a ver cuánto le dura al muchacho ese cabello tan insanamente seco. No hay que olvidar que cuando se critica a la baronesa Thyssen por los brillos se refieren a los de su rostro y ésos se eliminan con unos polvitos. Sí, con maquillaje también. Lo sé, lo sé. Perdón, ya vuelvo, que al paso que voy llego a Úbeda y a sus cerros). Un tinte, además, tan singular, que no sabría definir muy bien cuál es su color. Eso sí, algo más rojizo que el abrigo (tono café con algo de leche) que portaba estratégicamente sobre sus hombros, jugaba a buscar un efecto que a nadie dejase indiferente, ya que conjuntaba tanto con esta prenda amarronada como con su irresistible corbata. Bajo el abrigo, de impecable corte (esto no lo recuerdo bien, pero siempre queda pomposo decirlo), un traje negro o tal vez gris y una camisa creo que blanca. Perdónenme por la falta de detalle, pero es que sigo ensimismada rememorando su encantadora corbata, que no me deja ver más allá de su influjo.
Y es que, reflexionando sobre ella, he de confesar que me asaltaron una serie de dudas, que me hacen temer, ciertamente, acerca de mi salud mental. Me pregunté qué pensaría de semejante atuendo la taza del inodoro cuando, como cualquier humano, su percha acudiese a visitarla. Y es que, se trabaje en una oficina o en una zanja, todos acabamos miccionando y excretando por el aro, salvo cuando se presentan oportunidades tales como cagar de campo o mear tras un vehículo de cuatro ruedas (algo que les encantaba imponer a las madres de familia de antaño. Parece que aún las oigo: "¡Nene! Que no podemos entretenernos, mea ahí, detrás de aquel coche. No te preocupes, que nadie te ve". ¡Qué recuerdos, señores!).
Otra duda que se me planteó fue, por supuesto, si la corbatita del mismo tono que mi coche (rojo Lucifer, pero sin el acabado en nacarado) se adivinaría en la pulcra (hasta que la macule nuestro ya casi amigo) taza de tan cómodo aposento (y digo cómodo porque hay gente que debe usarlo como cátedra para leer trilogías de un tirón, dado el tiempo de espera al que nos han habituado algunos a quienes inexorablemente debemos seguir en tan noble causa* y es que... la naturaleza manda). Ay (suspiren), qué bello, el símbolo del
poder económico reflejado poéticamente en el trono... (Perdonen, me emociono sólo con pensarlo).
Tampoco pude evitar pensar en sus deyecciones. Segura de que, si éstas se corresponden a su aspecto (de trepa en plena escalada), olerán, atufarán, exhalarán un portentoso hedor a podrido, muy adecuado para propiciar la reflexión acerca de la situación económica de nuestro país (y es que bajo los datos, como siempre, se esconde la mierda. ¡Qué bien traído!) A buen seguro, las finanzas tienen en el portador de la corbata que me ha robado el sentido a un gran entusiasta.
Al otro ejecutivo, mucho más recatado en su aspecto, me temo que prácticamente ni lo recuerdo. (Tal vez su imagen era más agradable, menos pretenciosa).
Pero aún los guardo en mi retina, a los tres como conjunto, a los tres alegres, despreocupados cual políticos (¿llevaban cartera?) y bucólicamente exultantes por ir acompañados de tan espectacular corbata. ¿O no sería por eso? Ay, dudo. ¿Por qué?
* Léase, en este caso, expulsar todos los demonios ya sea en forma líquida, sólida o gaseosa. Excretar cual exorcismo diario y, en ocasiones, extraordinariamente puntual (no hay que olvidar que algunas máquinas parecen Suizas por su precisión. Otras, no obstante, nos sorprenden con las más variadas formas de desestabilización del orden presuntamente establecido, pero... cada cual ha de acomodarse a sus circunstancias. O eso es lo que, al menos, leí en alguna ocasión).