Escribir sobre este tema puede dar lugar a errores. De hecho, supongo que muchos leerán las siguientes líneas condicionados por aquello que se supone que deben defender quienes apuesten por una u otra ideología, por una u otra creencia. Pero aun a riesgo de una lectura somera me apetece abordar un tema tan controvertido como es el aborto.
Se supone que como mujer debo aplaudir el manido grito feminista del "nosotras parimos, nosotras decidimos". Y lo aplaudo, cómo no, pues es un e
slogan que en su día tuvo un gran valor. Entonces significaba un rechazo al autoritarismo machista al que habíamos estado sometidas durante años. Sin embargo, ahora mismo y dada la actual coyuntura, considero que apoyarlo sin más puede incluso alimentar pretensiones machistas. Es decir, lo secundo, claro, pero matizando el "nosotras decidimos".
Desde luego sí es indiscutible ese "nosotras parimos", pero rara vez una mujer elige desde la libertad. No existe capacidad real de elección, dado que quien debe decidir lo hace en función de unos condicionantes.
Me niego a creer que la interrupción de una gestación sea una decisión que se tome alegremente. Si se hace, en muchos casos, es debido a que la mujer que se encuentra en dicho brete se siente incapaz de sobrellevar la maternidad, puesto que ésta, que no se nos olvide, es un ejercicio de responsabilidad.
Teniendo en cuenta esto, en lugar de propiciar el aborto, una "solución" que sin duda exige un menor desembolso económico, un Estado valiente debería sentar las bases para garantizar que aquélla que decida seguir adelante con su embarazo pueda el día de mañana asumir la manutención y educación de su hijo, algo que hoy en día ni siquiera es factible para muchas mujeres que sí cuentan con una estabilidad económica y/o con el apoyo de sus parejas. Esto es debido a que una maternidad "pronta" limita enormemente la capacidad de la mujer para medrar en su carrera profesional, e incluso, a pesar de los pesares, puede suponer su despido.
A estos inconvenientes, ya de por sí dolorosos puesto que exigen renuncias, habría que sumar el hecho de que, en muchos casos, la educación del retoño ha de encomendarse a otros.
Prácticamente nadie se plantea el asumirla de un modo pleno, pero incluso es realmente complicado alcanzar la conciliación de vida familiar y laboral, un deseo expresado en innumerables ocasiones pero que, desde luego, suena a utopía. Hasta ahora se suponía que estábamos dando pasos para lograrlo, pero la actual situación económica impide exigir un mínimo de derechos, dado que, de hacerlo, lo más probable es que el trabajador pierda su empleo.
La decisión fácil, por tanto, es el aborto. Pero, ¿es una decisión tomada desde la libertad?
En otros casos, la que opta por interrumpir su embarazo se ve instigada a hacerlo por su propia pareja, que equipara la palabra bebé a la palabra atadura.
Efectivamente, la maternidad y la paternidad son exigentes para quienes ejercen estos roles. Sin embargo, no todos los que deciden ser padres se comportan como tales. Es por ello que, si bien muchos podrían argumentar no estar preparados, debemos tener en cuenta que nadie nació con un manual bajo el brazo que resuelva cualquier conflicto derivado de la maternidad o de la
paternidad. La falta de preparación, por tanto, no es una excusa.
De todos modos, es cierto que en muchos casos la mejor opción es eximir a una de las partes implicadas en el proceso que derivó en gestación de la responsabilidad, ya que, aunque éste se ejecutase de común acuerdo y sin ningún tipo de coerción, hay un bonito dicho que reza: "Mejor sola que mal acompañada".
En este caso, no sólo las posibles consecuencias económicas, sino también el peso del qué dirán serán las encargadas de presionar a la gestante. La opinión de la sociedad, todavía
extremadamente cerrada aunque lo neguemos, es para muchas una
pesadísima losa. De nuevo nos vemos obligadas a tomar una decisión y de nuevo ésta es condicionada por la más que probable hambre y por la cerrazón de una opinión pública arcaica que, llena de prejuicios y alimentada por la intolerancia y los miedos, está convencida de que continua progresando.
Otro grupo de presión lo constituye la familia, cuyas sentencias son
extraordinariamente contundentes especialmente cuando la gestante es menor de edad.
Además, no podemos olvidarnos de la pareja y del chantaje del abandono. Por muy feministas que nos creamos, no hay que olvidar que somos seres humanos y que, como tales, tenemos sentimientos. Y, condicionadas por éstos, nos dejamos llevar a tal punto que optamos por renegar de la razón y entregarnos a las
pulsiones, que, en muchos casos, simplemente sirven para contentar a otros y no a nosotras mismas.
Abortar es una opción que,
evidentemente, debe estar al alcance de la mujer. No obstante, ésta debe saber realmente cuáles pueden ser las consecuencias de tomar esta decisión. Y saber no implica solamente que alguien te enumere qué podría pasar, sino que saber implica también conocer desde la madurez. Nadie debe ser quien de poder influir en una decisión que puede incluso acarrear problemas de salud a aquélla que opta por tomarla.
El nosotras parimos, nosotras decidimos sólo es factible, pues, cuando no es usado exclusivamente por quienes defienden el aborto o por quienes lo consideran como la solución menos mala. Nosotras sólo podemos decidir cuando lo hacemos desde la libertad, y cuando esa decisión puede ser incluso la de asumir maternidades en solitario y con todas las garantías para nuestros hijos. Sólo entonces la consigna es realmente válida.